Desde su afianzamiento definitivo como un nuevo paradigma de conocimiento y producción en la década de los noventa del siglo XX, la era digital pareciera haber tomado por sorpresa en mayor o menor medida al conjunto de las sociedades (desarrolladas o no).

Y es que aquellos conocimientos y métodos que antes bastaban para desempeñarnos como trabajadores, ciudadanos y consumidores, lo que podríamos llamar la alfabetización predigital; es decir, fundamentalmente, saber leer y escribir, pero también contar con ciertos rudimentos de matemáticas y otras materias de uso práctico, se han venido a menos frente a un orden social, económico y académico que le da primacía a la localización, organización y análisis de información a través de las tecnologías digitales.

Aunque este cambio, aparentemente irreversible, ha traído consigo diversos fenómenos sociales y económicos de interés, quizá el problema más imperioso ligado a la alfabetización digital sea que esta está corriendo con la misma suerte que una vez corriera la alfabetización predigital.

Desde su invención hace unos 3.500 años, la escritura (y, en consecuencia, la lectura) fue siempre patrimonio de minorías (religiosas, culturales, políticas y sociales). No fue sino hasta mediados del siglo XIX, tras siglos de reivindicaciones y oscurantismo, que las sociedades industriales apostaron por una verdadera masificación de la escolarización, cuyo resultado más notable fue la reducción del analfabetismo. Fue así que el individuo común salió de los márgenes de la sociedad e inició el largo camino que lo llevaría eventualmente a convertirse en un ciudadano activo y autónomo capaz de derrotar la exclusión, la iniquidad social y la explotación a través del conocimiento.

Aunque implica destrezas y conocimientos que van más allá de simplemente leer y escribir, la alfabetización digital se está topando hoy en día en términos generales con las mismas trabas de siempre: un acceso limitado a las nuevas tecnologías (en este caso, las tecnologías digitales) y una baja tasa de masificación (cómo usar dichas tecnologías).

El resultado de todo esto es que la falta de alfabetización digital está reproduciendo algunos de los males que se había pretendido erradicar con la alfabetización predigital: desigualdad social, falta de oportunidades económicas y una baja competitividad en el área laboral.

Afortunadamente, las sociedades han reconocido este problema y han empezado a dar sus primeros pasos para implementar programas públicos y privados que permitan reinsertar a los sectores más desventajados. Sin embargo, todavía queda mucho camino que recorrer. En tal sentido, es importante que la era digital se vea en el espejo del pasado y aplique los correctivos necesarios a la brevedad posible.

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